Este blog recoge mis vivencias. Recuerdos y pensamientos de una infancia y adolescencia difíciles.

sábado, 17 de diciembre de 2011

He vuelto...

¡Hola a tod@s, amig@s!.Después de tanto tiempo he vuelto. Reconozco que me ha costado mucho tomar la decisión de regresar, ya que han pasado tantas cosas y no tan buenas, que no sé ni por dónde empezar. Supongo que por el principio, que se suele decir.

El día 14 de Enero, hará un año que operaron a mi hijo mayor del corazón, tras muchos meses de continuas visitas a urgencias y largas estancias en el hospital. Todo empezó cuando una tarde, el niño me dijo que se sentía mal. Que se notaba como el pecho "lleno de aire". Me asusté bastante, y al ponerle la mano en el pecho, noté que el corazón le iba a mil. Sin perder tiempo nos fuimos al hospital de Sant Joan de Deu, y nada más tomarle el pulso, le tumbaron en una camilla, le llenaron de ventosas, le conectaron a una máquina que no paraba de pitar, y le metieron en cuidados intensivos. No me explicaron qué le pasaba al niño, tan sólo me dijeron que me quedase en la sala de espera.
Yo no entendía nada. Mi hijo nunca había tenido ninguna cardiopatía. En 12 años, jamás le habían visto nada anormal cuando le auscultaban... qué estaba pasando??. Yo no podía llorar, no podía pensar, no podía hablar... tan solo miraba fijamente aquella puerta, esperando que alguien saliera y me dijese que mi hijo estaba fuera de peligro.

Pasaron horas hasta que por fin salió la enfermera, y nos comunicó que el niño tenía arritmias y que le habían suministrado medicación para regular los latidos y eliminar las taquicardias. Que nos tranquilizásemos porque estaba bajo control, y respondiendo muy bien a la medicación. Nos aconsejó que nos fuésemos a casa a descansar, ya que hasta la mañana no nos dejarían verlo, pero mi marido y yo nos quedamos en aquella sala de espera toda la noche. Sobre las 6 o las 7 de la mañana, comenzaron a llegar más padres, y al poco rato salió otra enfermera a comunicarnos que ya podíamos pasar.

Nos hicieron desinfectarnos las manos y ponernos unas zapatillas, un gorro y una bata verde, y por fin pude ver a mi hijo.Estaba pálido, más bien amarillento, con carita de cansancio y lleno de ventosas, pero cuando nos vio esbozó una sonrisa que me partió el alma. Intenté aguantarme las lágrimas como pude, mientras mi marido, como siempre, bromeaba todo el tiempo, tratando de animar al niño y de restarle importancia al asunto: "Nene, es que ya no sabes qué hacer para llamar la atención eh?" y el niño sonreía.
Cuando me fijé en la máquina, que era la que marcaba las pulsaciones, no daba crédito. Aquello pasaba de 50 a 190 en cuestión de segundos. Le pregunté a la enfermera si eso era normal, y me dijo que lo peor había pasado, y que a lo largo de los días, con la medicación, se le tenía que ir regulando. Que el niño cuando le ingresaron, había llegado a pasar las 200 pulsaciones, algo impensable para un adulto, que sin duda hubiera muerto en el acto. Pero que los niños eran capaces de aguantar más latidos. Y que en este caso, el cuerpo del niño estaba aguantando estupendamente.

Ese mismo día por la tarde, ya le llevaron a una habitación, y nos dijeron que se quedaría ingresado allí hasta que se estabilizara del todo. No fue hasta el día siguiente, que el Cardiólogo nos explicó qué le pasaba al niño. Nos dijo que una vía eléctrica del corazón le funcionaba más lenta que las demás, y que a esto se debían sus arritmias. Que la única solución era mediante una intervención quirúrgica, donde por suerte, no tendrían que intervenirle a corazón abierto, sino que mediante un catéter introducido por la ingle, llegarían al corazón y quemarían la vía defectuosa para inutilizarla. Que la medicación no era una solución definitiva a esta enfermedad, puesto que conllevaba muchos efectos secundarios y era, a la larga, muy tóxica.
Por lo visto, el niño tenía esta cardiopatía de nacimiento, pero, tal como nos explicó el doctor, podría no haberle causado problemas nunca, como haberlo hecho antes, o dentro de unos años. Aquel buen hombre nos tranquilizó, diciendo que en la mayoría de los casos esta operación era un éxito, y que en algún caso había sido necesario repetirla, pero que no conllevaba mayor riesgo. Cuando firmamos la autorización, la enfermera nos dijo que no nos preocupásemos, que estábamos en muy buenas manos y que al niño le iba a operar el mejor cardiólogo, especialista además en niños con este tipo de cardiopatía. No se equivocaba.

Creo que lo peor de la pesadilla que vivimos durante tantos meses, fue la espera. Porque ya sabéis cómo está la sanidad pública con la crisis, y la lista de espera tan larga que había de niños esperando para operarse. Como con la medicación de momento el niño iba tirando, pues nos dijeron que hasta navidades, nada de nada. Y pasaron las navidades y no le llamaban para operarse. Y un día, la medicación dejó de hacerle efecto, y tuvieron que ingresarle de nuevo, con el pulso por las nubes. Esta vez le dio más fuerte que nunca. Yo me pasaba las noches y los días en vela, mirando cómo los números de aquella pantallita subían y bajaban, y rezando para que no pasara de 200. En dos ocasiones, la enfermera me regañó porque siempre que entraba, me veía despierta, mirando la máquina, y me dijo que no era bueno que me obsesionase. Que tenía que dormir.
Le subieron la dosis y le añadieron además otro tipo de pastilla. Y fue entonces cuando decidieron que le pondrían de los primeros de la lista para operarle, porque el niño estaba en pleno crecimiento, y no era plan de tener que ingresarlo durante días cada vez que pegaba un estirón. Así que el 14 de Enero le operaron, y fue un éxito. En 40 minutos y con sedación, su problema ya estaba resuelto. Y toco madera porque ya ha pasado casi un año y mi hijo hace vida normal, hace deporte como cualquier otro niño, y es feliz.

A pesar de todo, la sombra del miedo siempre está presente, y yo aún arrastro secuelas de esa gran angustia y pánico vividos durante más de un año. Además, todo aquello se me juntó con otros problemas laborales y familiares que acabaron de hundirme, pero por suerte he podido salir de ese pozo en el que estaba metida.

Nunca olvidaré lo bien que se portó con nosotros todo el equipo médico de Sant Joan de Déu: enfermeras, auxiliares, médicos, payapupas... Gracias a ellos he vuelto a creer que aún existe gente buena en el mundo.