Este blog recoge mis vivencias. Recuerdos y pensamientos de una infancia y adolescencia difíciles.

sábado, 15 de mayo de 2010

Todo era dorado

Fue el mejor verano de mi vida: el verano de mis 18.
Para entonces ya había cortado con Dani veinte veces, y habíamos vuelto otras tantas. Pero esta vez era diferente; yo había gritado BASTA. Había puesto el punto y final. Había recuperado mi autoestima y mi dignidad, y me sentía libre, joven y feliz.

Todo era muy acalorado ese año. Las higueras se movían mecidas por la suave brisa, y con sus hojas acariciaban los ventanucos de nuestra vieja casa del pueblo.
Las tardes eran tranquilas por fin. Todo era dorado. Los de la pandilla dábamos largos paseos comiendo helado y charlando de nuestras cosas.
Por las noches, hacíamos fiestas en la piscina de Laura, y yo me dejaba querer por aquél rubio de ojos azules, a quien luego olvidaba cada amanecer.

Había tenido una falta, pero no quería pensar en ello. Lo supe desde el primer momento, pero no lo quería pensar. Quise disfrutar de aquél verano como si fuera el último, porque sabía que a mi regreso de nuevo me tendería su trampa. Y yo caería en la telaraña que él había tejido para devorarme de una vez por todas.
Había plantado su semilla en mi vientre antes de marcharme, para que nunca pudiese escapar con ningún rubio de tardes tranquilas y veranos dorados.

No pude escapar. Habían lazos entre nosotros. Lazos indescriptibles; lazos invisibles que me ataban a él.
Mientras esperábamos los resultados, me juró que todo cambiaría, que se haría responsable, que buscaría un trabajo y que nunca nos faltaría de nada. Me juró tantas cosas que de cansancio me las creí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario