Este blog recoge mis vivencias. Recuerdos y pensamientos de una infancia y adolescencia difíciles.

domingo, 30 de mayo de 2010

Ser padre

Otra noche sin dormir.
A estas horas sólo dan programas Call Show y series repetidas en canales autonómicos. Creo que es "vent del Pla" la serie que estoy viendo, en la que un señor aparece en la vida de su hija (20 años después de haberlas abandonado a su mujer y a ella), con la intención de conocerla.

Curiosamente, todas las series que veo últimamente incluyen tramas parecidas.
En "La pecera de Eva", ella es una chica de treinta y pocos, que entra a trabajar como psicóloga en un colegio. Con el tiempo, se entera de que un paciente suyo es su propio hijo, al cual dio en adopción hace 16 años.

En Física o Química (sí, sé que es una serie muy mala para adolescentes, pero me gusta), una nueva profesora entra a trabajar en el Zurbarán. Allí descubrirá que una alumna suya, es en realidad su hija, a la cual abandonó hace 15 años dejándola al cuidado de su marido. Sus motivos: al nacer se dio cuenta de que ser madre le venía grande, y al cumplir la niña 18 meses, se marchó de casa sin dar explicaciones. Durante los años siguientes, la chica vive una vida despreocupada, sin ataduras, promiscuidad, viajes...
Ahora su intención es recuperar el cariño de su hija, en contra de su marido que no está dispuesto a permitirlo.

En todas estas series, se intenta mostrar el lado más humano y sensible del que abandona. Se intenta demostrar que todos tenemos derecho a equivocarnos y a que la vida nos brinde una segunda oportunidad. Y es verdad que por mi forma de ser, siempre intento comprender los motivos que puedan llevar a alguien a hacer según qué cosas. No suelo sentenciar y procuro entender.

Pero... me pregunto hasta qué punto tiene derecho una persona a aparecer en la vida de su hijo 12, 15 o 20 años después, exigiendo todos los derechos, cuando jamás en todos esos años asumió ninguna responsabilidad.
Por supuesto no me refiero a los casos donde los padres dan en adopción a sus hijos, con todo el dolor de su corazón, por no poder mantenerlos.
Me refiero a esos padres que abandonan a sus hijos porque, simplemente, no los quieren. Y se pasan 12 años sin visitar a su hijo, sin comprarle unos tristes zapatos, sin llamarle por teléfono...
Hasta que un día cuando comienzan a hacerse mayores, empiezan a arrepentirse de sus errores, y deciden recuperar su cariño entrando en su vida como un elefante en una cacharrería.

Cuando me separé de Dani, él decidió cortar también con el niño. La verdad es que nunca le quiso; sólo creyó equivocadamente que una criatura me retendría a su lado para siempre.
Yo le llamaba cada día, pidiéndole que por favor viniese a ver a su hijo, pero nunca le apetecía.
En un año, tan sólo apareció dos veces, pero esas dos veces, lo único que quería era convencerme de que volviera con él. Y como no lo consiguió, acabó desapareciendo del todo, no sin antes amenazarme con que algo muy malo me pasaría si intentaba llevar "este asunto por la vía legal".

Nunca le compró una caja de leche, ni un regalo. Nunca le llamó en su cumpleaños, y probablemente ni se acuerda de qué día nació. No sabe lo que es reñirle porque se ha portado mal en el cole, o pasar una noche en vela intentando que le baje la fiebre.
Preocuparse porque se ha torcido la muñeca jugando en el parque, ayudarle a hacer los deberes o preguntarle qué tal le ha ido el día.
Todas estas cosas quien las ha vivido es mi marido. Porque ser padre es un derecho que se gana, y el amor no entiende de ADN.

La última vez que vi a Dani, hacía cuatro años que lo habíamos dejado.
Mi compañero de trabajo y yo, entramos a cenar en un bar y yo me dirigí directamente al lavabo. Cuando abrí la puerta, oí a mis espaldas cómo un chico se burlaba de mi uniforme. Recuerdo que me giré, y no sé quién de los dos se sorprendió más. Si yo al verle después de tantos años, o Dani al descubrir que aquella basurera con la que se había metido su amigo era yo.
Sé que les dije que mi uniforme lo llevaba a mucha honra, para sacar adelante a mi hijo. Pero que ellos no entendían de trabajo, puesto que los parásitos sólo saben vivir de los demás. Le miré fíjamente a los ojos, mientras le preguntaba: "ya saben tus amigos que dejaste embarazada a una niña y abandonaste a tu propio hijo?"...
El graciosillo que estaba sentado al lado de Dani, pasó de la risa tonta, a quedarse con cara de bobo. Seguramente, no tenía ni idea de aquello.
Mi compañero tampoco entendía nada.

Cuando Dani pudo reaccionar, y recuperó su actitud chulesca, lo único que me dijo fue: "qué quieres, dinero?".
Sé que en la vida no he sentido más asco por alguien, que por esta persona tras pronunciar aquellas palabras. Esa noche ni si quiera cené. Salí del bar y esperé sentada en un bordillo a que el camión me recogiese. Llorando y sin llegar a comprender, cómo alguna vez pude estar enamorada de un ser tan despreciable.

No lo he vuelto a ver desde entonces, y sólo deseo que siga sin aparecer. Pero el miedo, siempre lo tendré encima.
Los niños no son juguetes, que puedes comprarlos, jugar con ellos un ratito y luego dejarlos olvidados en un cajón. No se puede romper la estabilidad emocional de un niño, su paz y su familia, porque de repente te has arrepentido y quieres ejercer de padre cuando a ti te apetece y no cuando él te necesitaba.
Si estos padres de verdad se arrepienten y es cierto que quieren lo mejor para sus hijos, yo les ruego que, por una vez, dejen su egoísmo de lado. Que dejen de pensar en lo que a ellos les apetece, en lo que ellos quieren... y que empiecen a pensar en lo que es mejor para el niño.

Mi hijo es muy feliz. Tiene unos padres que le quieren con locura, un hermanito que le adora y admira, y un montón de amigos.
Hoy en día es un niño afortunado porque no se crió al lado de un ser como tú. Al menos, respeta eso.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Los ojos con los que me miras

Hoy ha tocado visita con el psiquiatra. Ha sido uno de mis peores días, porque nunca antes me había desmoronado por completo en plena consulta.
Me vine abajo nada más entrar, y no era capaz de pronunciar ni una palabra.

Sólo le entregué al doctor la lista que me mandó escribir hace unas semanas, con todas las cosas que me preocupan y cómo me veo a mí misma.
Al acabar de leerla, me preguntó si eso es lo que yo pensaba de mí misma realmente. Le contesté que sí, y me dijo que lo que yo veo ahora sobre mi vida y sobre mi persona, no es la realidad. Porque al tener depresión, todo lo veo negativo.

Me dijo que seguramente, si mi marido, mis hijos o mis amigos escribiesen otra lista, descubriría una Nati muy distinta a la que yo pienso que soy.
Así que me ha mandado deberes para casa, o más bien deberes para mi marido. Se trata de describirme, con mis cosas buenas y malas. Y luego comparar las cartas y ver las diferencias y similitudes entre ellas, para comprender cómo soy en realidad, y cómo me veo yo.

La verdad es que me he llevado una agradable sorpresa, porque mi marido, aunque sé que me quiere mucho, nunca me había dicho por qué. Me he visto reflejada a través de sus ojos, y me ha gustado. Me ha dado sobre todo, la fuerza que necesitaba para empezar a salir de esto.

Así es como yo me veo ahora:
Soy inestable, cobarde y llena de miedos.

Siento que me he equivocado en un montón de cosas en la vida, y ahora ya no hay remedio.

Mi marido, sin duda, es mejor padre que yo.

Cuando estoy triste, alejo a mis amigos en lugar de contarles mis problemas.

Sólo puedo tener trabajos donde nos tratan como burros de carga, porque no sirvo para otra cosa. Siento que no voy a saber hacer nada más.

No ejerzo como profesora de danza porque me siento inferior e insegura. Por eso nunca realizaré mi sueño.
Nati.


Y así es como soy:


Eres una persona que destaca por dos cosas:

por tu simpatía y por tu temperamento, como la noche y el día.

Eres dulce, sensible (demasiado), no te gusta ver sufrir a nadie. Su sufrimiento es el tuyo, sus preocupaciones las tuyas... y eso te hace, a veces, débil. Débil en el sentido de vulnerable, sensible...

Te preocupas por la gente, aunque no se lo demuestres día a día.

Siempre tienes una forma de ver las cosas que a menudo choca con el resto del mundo y que casi siempre suele ser cierta.

Eres paciente, pero eres como una traca valenciana. Tienes mucha mecha, pero cuando explotas, va una detrás de otra.

Eres rencorosa y cuando te enfadas con alguien, sólo ves las cosas que hace mal, y no las cosas que hace bien, aunque sean cosas que tú también hayas hecho.

En fin, si tuviese que poner las virtudes y defectos en una balanza, sin duda ganan las virtudes, sólo que ahora estas virtudes deberías sacarlas a relucir porque son lo que te hacen especial y única.

No es un tópico, es cierto, cuando estás feliz parece que tu cara brilla y todo alrededor parece más bonito.
PD: además eres muy trabajadora e inteligente, resumiendo...

Prometo aprender a quererme más a partir de ahora, y no acceder al recurso fácil de sentir lástima por mí misma.

viernes, 21 de mayo de 2010

Incesto

Durante muchos años, hubieron dos cosas de las que nunca pude hablar, hasta ahora.
Una de ellas fue su nombre. Dani. No podía ni pronunciarlo, ni mucho menos referirme a él como "el padre de mi hijo".
La segunda cosa que nunca pude contar ni a mis amigos más íntimos, fue la relación que Dani mantenía con su hermana menor. Durante mucho tiempo me sentí sucia y culpable de haber mantenido relaciones con un depravado.

El padre de Dani, era alcohólico y un viva la vida. Maltrataba brutalmente a su mujer y a su hijo (puñetazos, objetos punzantes y charcos de sangre por toda la casa). Le excitaban las prácticas sexuales violentas y humillantes para la mujer.
A la única que nunca puso un dedo encima, fue a su hija Isabel. Saltaba a la vista que ella era la preferida de su madre y no permitía que su marido se ensañara con la niña.

Dani debía tener unos 15 o tal vez menos cuando sus padres se separaron y la custodia la asumieron los abuelos paternos.
El padre, con el tiempo conoció a otra mujer y se fue a vivir con ella. La madre comenzó a prostituirse en un club, y allí conoció a un camionero con el que inició una relación seria.
Y Dani, que ya tenía 16 años, se echó una novia mayor de edad.

Él siempre me hablaba de Lucía, su gran amor (de hecho, me hablaba tanto de ella que yo me sentía como un segundo plato). Según él, Lucía le traicionó, le engañó con otro, le sacó "todo el dinero", se quedó con su casa...
Pero mentía, como siempre. La verdad es que Lucía le quiso con locura y le mantuvo durante los dos años que estuvieron juntos. Ella le pagaba los vicios, los caprichos, el alquiler, hacía las tareas de la casa... lo hacía todo. Y él la humillaba y la pegaba. Así que como es lógico, la chica acabó huyendo de él, tal como hice yo tres años más tarde.
Al quedarse sin una mujer que le mantuviera, Dani se vio obligado a volver a casa de sus abuelos.
Su hermana en cambio, pasó toda su infancia y adolescencia dando tumbos, de casa de un familiar a otro, pues siempre acababa peleada con todos ellos.

Un día, más o menos al año de salir con Dani, unos delincuentes del barrio con los que él realizaba "trabajos", le acusaron de chivato de la policía y le amenazaron de muerte. Tenía que huir, así que su tía Lourdes le pagó el alquiler de un piso fuera del barrio, más sus correspondientes facturas durante años.
Lourdes siempre intentó compensar a Dani por los maltratos sufridos por parte de su hermano, sacándole de todos los líos en los que se metía, y manteniéndole. Cosa de la que Dani se aprovechó toda su vida.

Al poco tiempo de vivir en ese piso, Dani me comunicó que su hermana Isabel se había peleado con su madre, y se había ido de casa. Que había pensado traerla a vivir con él. Recuerdo cuánto me costó disimular mi angustia.
Isabel me odiaba. Me tenía unos celos enfermizos, igual que se los tuvo a Lucía en su momento. Yo siempre intentaba ser amable con ella, pero por su parte sólo recibía malas caras, indirectas y desdenes.

Estaba claro que Isabel lo que quería era toda la atención de su hermano, y lo conseguía. A veces sentía que era yo la que sobraba. Sentados los tres en el sofá viendo la tele, se decían cosas al oído mientras me miraban de reojo y se reían.
A veces Dani la mandaba a dormir para quedarse a solas conmigo (ella tan sólo era un año menor que yo, pero él siempre la consideró una niña... aunque yo también lo era). Isabel no podía soportar que Dani y yo estuviésemos en el sofá del comedor en actitud cariñosa, y su entretenimiento preferido era interrumpirnos constantemente con cualquier excusa. Sólo tenía que llamar a su hermano, y éste corría a su habitación a satisfacer sus caprichos.

Al principio, aunque me incomodaban estas situaciones, era incapaz de ver algo sucio en ellas. Pensé que se trataba simplemente de celos de hermana, pero cada vez habían más evidencias de que ahí había algo más que tan sólo ellos dos entendían.
No puedo describir con exactitud, qué fue lo primero que me hizo sospechar que la forma en que Dani quería a Isabel, no era la de cualquier hermano. Esas cosas se sienten; se intuyen.
Recuerdo un día en la playa. Dani podía pasarse horas mirándola mientras jugaba con las olas. Le encantaban esas carcajadas espontáneas y locas que Isabel soltaba siempre sin venir a cuento. La miraba como sólo sabe mirar una persona enamorada.

Una vez hubo un beso... Se besaron en la cara, casi en la comisura de los labios, y mientras se acercaban, fue como si un imán invisible atrajera sus labios. La expresión de Dani fue indescriptible. Cerró incluso los ojos cuando ella le rozó los labios durante un segundo.

Con el tiempo, él me dio unas llaves de su casa. Yo cada día esperaba a que mi madre se fuese a trabajar a las 6 de la mañana, y en seguida me vestía y me iba a casa de Dani.
A menudo los encontraba durmiendo juntos en ropa interior. Otras veces que ella dormía en su propio cuarto, en cuanto oía que yo llegaba y me dirigía a la habitación de su hermano, se presentaba allí y se sentaba en medio de los dos toda la mañana.

Muchas veces intentaba normalizar aquellas situaciones, y me sentía mal por tener pensamientos retorcidos sobre ellos dos.
Pero llegó el momento en que a Dani le mandaron al servicio militar. Y sorprendentemente, Isabel comenzó a tener un acercamiento conmigo. Un día, fuimos a tomar algo y me confesó que su hermano abusaba de ella cuando era pequeña. Omitiré los detalles, pero básicamente me dijo que no la obligaba a la fuerza, sino que era una especie de juego entre los dos en el que nunca la llegó a penetrar. Que ella no sabía que eso estaba mal porque era pequeña. Pero que su hermano, 4 años mayor, sabía muy bien lo que hacía. No recuerdo si me dijo que él tenía unos 13 o 14 años cuando sucedió.

No la creí, o no quise creerla, no sé. Pensé que Isabel sólo quería separarnos por sus celos enfermizos, y que sería capaz de inventarse cualquier cosa para conseguirlo. De hecho lo había estado intentado desde el principio.
Isabel me hizo prometer que no le contaría nada a su hermano. Quería que yo le dejase pero sin involucrarla a ella en el motivo. Sin embargo no le dejé, y me odio por ello. Aún no entiendo cómo ante tantas evidencias, no fui capaz de ver lo que sucedía entre ellos.

Tiempo después cuando al fin dejé a Dani, su propia madre me confirmó que aquella historia que me contó Isabel era cierta, aunque no como ella me lo había explicado. La mujer admitió que lo que hubo siempre entre sus hijos fue una relación incestuosa que aumentó en la adolescencia. Por eso ella nunca quiso que sus hijos viviesen juntos. Pero de nada servía porque Isabel siempre se escapaba para estar con su hermano.

De hecho, antes de separarse, la madre pilló a su hijo a punto de penetrar a Isabel, y amenazó a Dani con contárselo a su padre que en ese momento no estaba en casa. Dani, temiendo la paliza que recibiría de su padre, ese mismo día metió en su mochila algo de comida, robó 2.000pts a su madre y se escapó de casa. Lo que pasó cuando regresó, es algo que nunca quise saber.

Aquél día en que me enteré de la verdad, vomité varias veces y me juré a mí misma que jamás volvería con él.

jueves, 20 de mayo de 2010

Dani

Te conocí una mañana soleada de abril, hace 15 años. Fue en la fábrica abandonada, donde nos reuníamos "los niños perdidos".

Tú eras un delincuente de 19 años, guapo y mentiroso. Y yo sólo una niña de 16, necesitada de cariño. Me embaucaste con tus fantasías y tu disfraz de buena persona, y te creí.
Alguien me dijo un día: "Dani es como un barco hundiéndose en medio del océano. Si quieres salvarte, saltarás. Si te quedas, te hundirás con él".
Pero yo no escuchaba a nadie; sólo sentía mi corazón a galope cada vez que tus dedos me rozaban. Estaba empapada de rendición.

Vivíamos sin obligaciones ni responsabilidades. Los días eran largos y soleados, tumbados sobre el césped de cualquier parque. Las tardes eran de un placer infinito abrazados bajo las sábanas.
La vida es maravillosa cuando lo único que tienes que hacer es exprimirla.

La primera vez que me insultaste te perdoné. Y te perdoné todas las siguientes, porque siempre me convencías de que yo tenía la culpa. De todos modos, en casa tampoco me trataban mejor que tú.
Luego comenzaste a alejarme de mis amigos, de mis estudios...hasta romper cualquier lazo al que me pudiese agarrar.

Las tardes de placer se convirtieron en sexo sucio y frío. Y entonces llegó el infierno. Me robaste la inocencia y te alimentaste de mi desgracia.
Me dejaste embarazada para retenerme a tu lado, pero nunca quisiste a tu hijo, porque tú no sabes querer.
Lo juraste. Prometiste que nos cuidarías, y mentiste una vez más.
Me prohibiste que vinieran a visitarme a casa. Caminabas por el pasillo tirándolo todo; enfadado por todo.

Vomité el día en que me enteré de todo lo que habías hecho...qué le hiciste a tu hermana?.
Sentí vértigo y salté del barco con mi niño entre los brazos. Y nadé sin mirar atrás. Nadé lejos de tu infierno.

Hicieron bien en meterte en la cárcel. No sé lo que hiciste, pero nunca debiste salir de allí. Por ti, sólo se puede sentir asco y pena.
Lo mejor que hiciste fue abandonar a tu hijo. Le diste la oportunidad de encontrar un padre mejor.

Sabes?. Tienes un hijo maravilloso.
Enhorabuena, hijo de puta.

...Dani el intrépido...dónde se perdió?

domingo, 16 de mayo de 2010

Platos rotos

No recuerdo un momento de mi infancia sin maltratos. Hasta los 10 años lo hizo mi padre, aunque siempre se ensañaba más con mi hermano, por ser el mayor. A él le pegaba con una rabia desmedida, como quien pega a su peor enemigo, mientras le insultaba hasta la saciedad:
"hijo de la gran puta, te voy a matar, te voy a estampar contra la pared, te voy a abrir la cabeza, eres un inútil de mierda, nunca serás nada en la vida..."

A veces le propinaba latigazos con la correa hasta hacerle sangre. Una vez fue porque nos pilló despiertos, jugando a las palabras encadenadas a la hora de dormir. Le rompió el labio, le hizo heridas por todas partes y la hebilla de la correa se le quedó clavada en el tobillo.
Por eso mi hermano chilló de dolor, y eso hizo que mi padre se enfureciese más todavía.

A mí en cambio me sujetaba las manos para inmovilizarme, y con la mano que le quedaba libre me abofeteaba una y otra vez, mientras me chillaba con la boca tan pegada a mi oído, que podía sentir su aliento. Y si lloraba, aún me pegaba más, así que aprendí a llorar en silencio cuando él se marchaba, dejándome el cuerpo y el alma doloridos.

Cuando vomitaba algún medicamento que mi estómago no toleraba, sus gritos hacían retumbar las paredes. Me amenazaba diciendo que si volvía a vomitar, me lo haría comer.
Nunca jamás pude volver a tomar una pastilla efervescente en toda mi vida.

A veces, cuando era bueno, acariciaba mi manita con sus enormes dedos. A veces, me hacía cosquillas en la oreja con su bigote, y yo reía sin parar. A veces lanzaba con furia mis muñecos de peluche contra la pared..."quieres a tus muñecos de mierda más que a mí!!"...
Yo recogía mis muñecos, y con besos les curaba sus heridas. Luego, les acostaba a mi lado por la noche para que me protegiesen, y me tapaba la cabeza con la sábana.
A veces me despertaba aterrada en medio de la noche, después de un mal sueño. Intentaba llamar a mi madre. Intentaba gritar su nombre, pero sólo salía de mi garganta un hilo de voz...un susurro desesperado que nadie más oía excepto yo.

A partir de los 10 años, continuó mi madre. Sólo que ella lo hacía psicológicamente.
No la culpo; la muerte de mi padre la trastornó. Perdió a su gran amor siendo aún muy joven,
y se vio obligada a trabajar más horas de las que tiene el reloj, para sacarnos adelante.
A veces pienso que ella hubiese preferido que los muertos fuésemos mi hermano y yo. Y por eso nos trataba con desprecio y nos miraba siempre con esos ojos llenos de odio.

Pero mi hermano ya no era aquél niño indefenso que aguantaba los golpes sin llorar. Había cumplido 14 años, y pegarle ya no era tan fácil sin que plantase cara.
Por eso cuando murió mi padre, mi hermano comenzó a entrar y salir de casa cuando le daba la gana, a desobedecer las órdenes de mi madre, a dejar de estudiar...

Por eso habían discusiones día tras día, gritos, insultos, patadas a las puertas, platos rotos...
Y yo me quedaba encerrada en mi habitación, soñando con escapar de allí y escribiendo historias sobre "Blanca", mi yegua voladora invisible, que se colaba por mi ventana para llevarme a un mundo mágico entre las nubes, donde yo era la reina.

Mi madre solía decirme que lo que pasaba en casa, debía quedarse en casa. Que a nadie le importaban "nuestras cosas". Ahora entiendo por qué....

Hace poco le recordé todo lo que pasó durante mi infancia, porque nunca habíamos hablado sobre ello, siendo ya adulta.
Me dijo que me lo estaba inventando. Que ni mi padre ni ella nos habían puesto nunca la mano encima a mi hermano y a mí, y que era mala porque yo sólo recordaba las cosas malas de mi padre, cuando él a mí me quería con locura. Que no tenía vergüenza y que mi imaginación era increíble.

Supongo que debe ser muy duro para una persona que ha maltratado a sus propios hijos, tener que reconocerlo. Quizás sea cierto que no recuerda nada. Al fin y al cavo, durante años mi madre no disfrutó de una buena salud mental.
Sin embargo, yo aún lloro al recordar todo aquello. Luego miro a mis hijos, y les abrazo fuerte, fuerte...hasta el infinito.

La fábrica

Sucedió en 1996. Fue una época maravillosa donde la amistad era lo único importante...
Vivíamos el momento, sin importarnos el futuro. Llevábamos la vida al límite... teníamos 16 años.
Cualquiera de los que formábamos aquél extraño grupo, hubiese dado la vida por el otro sin pensarlo.Nadie en casa nos esperaba. A nadie en casa le importaba lo más mínimo nuestros sentimientos, nuestras inquietudes o nuestros miedos...
Los guantazos ya no nos dolían. Los insultos nos los curábamos los unos a los otros.

Nos levantábamos a las 6 de la mañana, sólo para hacer peyas y reunirnos en aquella vieja fábrica abandonada, que habíamos acomodado para nuestras reuniones. Desayunábamos a base de poesía y cigarrillos Lucky strike.

A veces hacíamos trastadas. Una vez preparamos una gran olla de sangría, y nos disfrazamos de bebés, con coletitas y pañales. Nos colamos en el metro, y recorrimos así varias paradas, riendo, saltando y repartiendo vasos de sangría a la gente.

Habíamos formado una familia. No la que nos viene de serie cuando nacemos, sino la que queríamos tener.
Mientras los demás niños de nuestra edad deseaban que llegase el fin de semana para ir a las discotecas a emborracharse, nosotros pasábamos las horas charlando en aquella fábrica que era nuestro segundo hogar...por no decir el primero.
Nos recuerdo ahora como a niños perdidos en el país de Nunca Jamás.

Pero todo aquello fue tan efímero como la vida de una mariposa. Tan fugaz como una estrella.
Como todo lo intenso; como todo lo hermoso...
Se fue, dejándome un hueco en el corazón.

Jaume, amigo mío. Donde quiera que estés, espero que seas feliz.

sábado, 15 de mayo de 2010

Todo era dorado

Fue el mejor verano de mi vida: el verano de mis 18.
Para entonces ya había cortado con Dani veinte veces, y habíamos vuelto otras tantas. Pero esta vez era diferente; yo había gritado BASTA. Había puesto el punto y final. Había recuperado mi autoestima y mi dignidad, y me sentía libre, joven y feliz.

Todo era muy acalorado ese año. Las higueras se movían mecidas por la suave brisa, y con sus hojas acariciaban los ventanucos de nuestra vieja casa del pueblo.
Las tardes eran tranquilas por fin. Todo era dorado. Los de la pandilla dábamos largos paseos comiendo helado y charlando de nuestras cosas.
Por las noches, hacíamos fiestas en la piscina de Laura, y yo me dejaba querer por aquél rubio de ojos azules, a quien luego olvidaba cada amanecer.

Había tenido una falta, pero no quería pensar en ello. Lo supe desde el primer momento, pero no lo quería pensar. Quise disfrutar de aquél verano como si fuera el último, porque sabía que a mi regreso de nuevo me tendería su trampa. Y yo caería en la telaraña que él había tejido para devorarme de una vez por todas.
Había plantado su semilla en mi vientre antes de marcharme, para que nunca pudiese escapar con ningún rubio de tardes tranquilas y veranos dorados.

No pude escapar. Habían lazos entre nosotros. Lazos indescriptibles; lazos invisibles que me ataban a él.
Mientras esperábamos los resultados, me juró que todo cambiaría, que se haría responsable, que buscaría un trabajo y que nunca nos faltaría de nada. Me juró tantas cosas que de cansancio me las creí.

jueves, 13 de mayo de 2010

Nací...

Nací en una familia humilde, de madre modista y padre operario en una fábrica de acero.
Mi madre en aquél tiempo era una mujer cariñosa y sometida siempre a las decisiones de mi padre.
Él, en paz descanse, era un hombre bueno, con grandes valores en la vida. Sin embargo había tenido una educación muy estricta por parte de mis abuelos, y su forma de educarnos era... lo que hoy en día sería calificado como maltrato.
Tenía un genio incontrolable. Sin embargo, era un hombre solidario y fiel a sus principios: entre otras cosas, colaboraba como voluntario en la Cruz Roja y era delegado sindical de la UGT.

Recuerdo épocas malas, de escasez de dinero en casa. Y recuerdo cómo un día, mi padre se encontró una cartera tirada en la calle. En la billetera, habían 16.000pts de entonces.
Se pasó toda la mañana intentando localizar al dueño de la cartera, hasta que al fin consiguió devolvérsela intacta. Supongo que otro se hubiese quedado el dinero, pero mi padre nunca se lo hubiese perdonado a sí mismo.

Es curioso cómo crecí temiendo y odiando a mi padre hasta los 10 años, que él murió. Y hoy 20 años después, es cuando me doy cuenta de lo mucho que me parezco a él. En sus principios y también en sus arranques de ira, aunque yo nunca le haya puesto un dedo encima a mis hijos.

Cuando mi padre murió de cáncer, no pude evitar sentirme liberada. Hasta hace poco, no me di cuenta de todo lo que le había echado de menos a lo largo de mi vida. Pero en ese momento, yo era tan sólo una niña, que había pasado sus 10 años de vida temiendo las palizas de su padre.
Yo nunca quise que se muriera; no tenía esa malicia ni era consciente de lo que es la muerte. Pero no sufrí. No sufrí como sé que sufriré el día en que me falte mi madre.

Todo cambió desde entonces. Mi madre se desquició por completo mientras mi hermano se volvía cada vez más rebelde.
Hablar, jugar, respirar... todo molestaba a mi madre. Nunca hacíamos nada bien.

Recuerdo, entre otras muchas anécdotas semejantes, la vez que me quedé hablando cinco minutos con unos compañeros al salir del colegio.
Mi escuela estaba a dos pasos de casa; desde la ventana de la habitación de mi madre, se podía ver perfectamente. Ella se asomaba por la ventana para controlarme siempre, y aquél día (tendría yo 12 o 13 años) me vio charlando y riendo con una niña y un niño de mi clase.
Sé que no me demoré en subir. Sé que no estaba haciendo nada malo. Tan sólo recuerdo cómo al llegar a casa, mi madre me comenzó a pegar hasta que me arrinconó contra la cama de mi hermano, y con unos zuecos de madera de los que se llevaban en aquella época, comenzó a pegarme desesperadamente, mientras me chillaba "puta" una y otra vez.

Yo vivía y crecía en aquél ambiente, como si fuese algo normal que todas las puertas de casa estuviesen agujereadas, por las patadas de mi hermano cada vez que discutía con mi madre. Como si fuese normal estudiar y hacer los deberes entre gritos ,insultos y llantos diarios.
Como si fuese normal no mantener nunca una conversación cordial, un "qué has hecho hoy en la escuela?", un " cómo estás?", "te quiero" o un simple abrazo.

La verdad

Siempre he sido una persona muy sensible. Seguramente el infierno que viví en casa desde que tengo uso de razón hasta que me largué de allí, fue lo que hizo que me haya pasado toda la vida buscando el afecto de alguien.

No sé si mi depresión la causó la genética (pues toda mi familia por parte de padre excepto mi abuela han padecido siempre esta enfermedad), o por el contrario fueron los golpes que me ha ido dando la vida los que me hicieron llegar hasta aquí. Tal vez sea un poco de todo... o de nada.

Si quisiera hacer un resúmen de mi vida a grandes rasgos... sería imposible. Demasiados detalles, demasiados sentimientos, aventuras y sensaciones en 31 años como para resumirlos en tan sólo unas líneas.

Podría decir, por ejemplo, que soy una mujer casada y con dos hijos que trabaja en una empresa de limpieza pública... y sería la verdad.
Pero nadie sabría entonces que mi hijo mayor no fue fruto de mi matrimonio, sino de una historia de amor tormentosa que viví en mi adolescencia. Y nadie sabría que el sector donde trabajo dentro de esa empresa de limpieza, es alcantarillado. Y aún así seguirían sin imaginarse lo que supone jugarnos la vida en el subsuelo, respirando todo tipo de gases, conviviendo con ratas, cucarachas y arañas, y trabajando a pico y pala cada puto día por mil euros.
Tampoco sabrían qué motivos me llevaron a ese trabajo...

No sé si sabría llevar un orden a la hora de contar tantas cosas. Al fin y al cavo, los recuerdos acuden a mi memoria y luego se van, de manera desordenada... como si todo hubiese sucedido el mismo año, o el mismo día.